
Informe OBS: Cambio Climático: qué hacemos cuando el Acuerdo de París no se cumple
La transición verde pasa de la prevención a la gestión del sobrepaso térmico tras el desencanto con el acuerdo de París

- Un informe de OBS Business School considera necesaria una profunda reestructuración de los flujos de capital público y privado si se quieren alcanzar los compromisos climáticos tras el fracaso del Acuerdo de París; y propone la constitución de una Alianza Comercial de Países Verdes con aranceles y sanciones comerciales para los países laxos, así como impuestos permanentes sobre los beneficios extraordinarios de las corporaciones de combustibles fósiles.
- El incremento térmico dispara los riesgos de las empresas y desborda al sector asegurador.
- Los sistemas industriales de captura de carbono experimentarán un incremento masivo en los próximos años, aunque deberían utilizarse únicamente como un complemento de última instancia.
Octubre 2026. OBS Business School, institución perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación Universidades, publica el informe Cambio climático, qué hacemos cuando el acuerdo de París no se cumple, dirigido por biólogo y experto en sostenibilidad Oriol Palom.
El diseño del Acuerdo de París se asentaba sobre unas premisas que no se han cumplido: un mundo hiperconectado, pacífico y cooperativo donde la presión social y diplomática obligaría a los países a cumplir sus metas de reducción de emisiones. Sin embargo, el impacto de la pandemia, la fractura geopolítica y los fallos estructurales del propio tratado han llevado a un resultado claramente insuficiente frente a la aceleración de la crisis climática.
El Fondo de Pérdidas y Daños afronta una crisis de solvencia estructural incluso antes de estar plenamente operativo a escala macroeconómica y es necesaria una profunda reestructuración de los flujos de capital público y privado si se quieren alcanzar los compromisos. Las aportaciones de las economías avanzadas —históricamente responsables de las emisiones acumuladas— siguen siendo de carácter voluntario. Y, además, el tratado es jurídicamente vinculante en cuanto a la presentación de objetivos, pero no impone sanciones a quienes los incumplen. El autor afirma:
“Si no se transforma en un mecanismo de compensación vinculante y predecible alimentado por tasas globales, la brecha de justicia climática continuará ensanchándose, trasladando todo el coste del rebasamiento a las sociedades menos preparadas para absorberlo.”
Y apunta varias líneas para lograr revertir la temperatura del planeta por debajo del 1,5ºC a final de este siglo: la constitución de una Alianza Comercial de Países Verdes con un arancel climático en aduanas (CBAM) a las importaciones de países laxos; sanciones comerciales automáticas directas sobre los activos económicos de aquellos países que incumplan de forma reiterada la trayectoria de reducción del 55% fijada para 2035; y el establecimiento de impuestos globales permanentes sobre los beneficios extraordinarios de las corporaciones de combustibles fósiles o sobre las transacciones financieras transfronterizas, convirtiendo la reparación y la transferencia tecnológica en derechos de desarrollo incondicionales para el Sur Global.
Las empresas y el incremento térmico
Naciones Unidas ya ha confirmado que es imposible evitar que las temperaturas globales rebasen el umbral crítico de los 1,5°C fijado en el Acuerdo de París. Ello nos aboca a un cambio de paradigma histórico: pasar de una estrategia de mitigación idealista a la gestión del inevitable impacto del rebasamiento térmico mundial. En el mejor escenario posible, es decir, si se implementan de inmediato recortes drásticos de emisiones, las temperaturas tocarían un máximo de entre 1,6°C y 1,8°C a mediados de siglo para luego descender progresivamente a 1,5°C en el año 2100. Sin embargo, las políticas actuales de los gobiernos nos dirigen hacia un peligroso aumento de 2,6°C con consecuencias imprevisibles.
En este escenario, los riesgos para las empresas aumentan y se reflejan inmediatamente en los balances. Olas de calor extremo seguidas de sequías sistémicas o inundaciones torrenciales desbordan los planes de contingencia convencionales en muchos sectores. El energético y de infraestructuras, por ejemplo, se enfrenta a una oferta deprimida crónicamente y picos de demanda extrema difíciles de absorber. El aumento sostenido de la temperatura media eleva la resistencia de los materiales en las redes de transporte reduciendo la eficiencia de las líneas eléctricas. Y el rendimiento de los paneles fotovoltaicos disminuye.
En el sector agroalimentario, el incremento térmico provoca la destrucción de cosechas en cuestión de días y la degradación crónica de los suelos, generando una inflación estructural en el precio de los productos. Y las redes logísticas globales padecen un estado de interrupción perpetua con la subida persistente del nivel del mar y el calentamiento de las aguas costeras, que degradan de forma silenciosa e ininterrumpida las cimentaciones de los grandes puertos comerciales internacionales. La multiplicación de inundaciones repentinas colapsa de forma recurrente los nodos de transporte (carreteras, vías férreas y terminales de carga) y las megasequías reducen de forma drástica los caudales fluviales de arterias comerciales críticas como el Rin, el Danubio o el Canal de Panamá. Todo ello repercute directamente en un sector asegurador que está teniendo problemas para fijar el precio de unas primas que en muchos casos se vuelven prohibitivas.
La alternativa de capturar carbono
Para que el planeta logre enfriarse en la segunda mitad del siglo sería necesario reducir un 55% las emisiones para 2035 (en comparación con los niveles de 2019) y frenar los supercontaminantes de corta vida como el metano. Pero parece que las soluciones naturales no son suficientes y ante ello la ONU propone retirar miles de millones de toneladas de CO₂ directamente de la atmósfera; algo muy complejo e incierto que ha pasado de ser una opción teórica a convertirse en una necesidad dentro de los modelos climáticos oficiales.
Los sistemas industriales de captura de carbono van a experimentar un incremento masivo en los próximos años. Tanto gobiernos como fondos de inversión de capital riesgo ya están inyectando miles de millones de dólares en el desarrollo de plantas mecánicas de succión de aire y proyectos de secuestro de gases en el subsuelo, aunque de momento la tecnología se encuentra todavía en una fase de desarrollo muy temprana si se compara con la magnitud del problema. El informe señala:
“Retirar miles de millones de toneladas de CO2 de la atmósfera requiere una cantidad de energía limpia, agua y suelo tan masiva que su despliegue a gran escala entraría en conflicto directo con otras necesidades básicas como la seguridad alimentaria mundial o la conservación de la biodiversidad.
Asimismo, el autor añade:
Este sistema debería utilizarse únicamente como un complemento de última instancia para absorber aquellas emisiones remanentes que sean completamente imposibles de erradicar, como ciertos procesos de la industria pesada o la aviación."
Por tanto, la prioridad absoluta debe seguir concentrada en la transición energética, la electrificación de los procesos, la eficiencia de los materiales y la reconfiguración de los modelos de negocio tradicionales hacia esquemas de circularidad. El informe expone:
“Tratar de solucionar el problema del sobrepaso térmico limpiando el aire sin cerrar el grifo de las emisiones es una estrategia comercialmente insostenible y climáticamente suicida."
Aun así, muchas corporaciones y países dependientes de los combustibles fósiles están utilizando la posibilidad de esta alternativa como una coartada para retrasar el cierre de plantas contaminantes y prolongar la vida de activos obsoletos.


