
Informe OBS: La desigualdad que no se ve
La desigualdad que no se ve es la que sostiene a la sociedad

- El 52% de los jóvenes de entre 16 y 24 años piensa que el feminismo ha sobrepasado sus objetivos y está generando discriminación hacia los hombres.
- Cada día se dedican más de 160.000 millones de horas en el mundo a tareas no remuneradas que mayoritariamente asumen las mujeres.
- Las mujeres están infra representadas en los ensayos clínicos. En muchos ámbitos terapéuticos, menos del 30% de los participantes son mujeres.
- Menos del 29% de los trabajos tecnológicos son ocupados por mujeres, con proporciones aún más bajas en roles directivos y de liderazgo técnico.
Febrero 2026. OBS Business School, institución perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades, publica el informe La desigualdad que no se ve, dirigido por la profesora Marta Grañó. En él se identifican y analizan aquellas desigualdades que no siempre se perciben, generalmente no se miden y, por ello, rara vez se incorporan de forma estructural en la toma de decisiones públicas y privadas.
El 52% de los jóvenes de entre 16 y 24 años piensa que el feminismo ha sobrepasado sus objetivos y está generando discriminación hacia los hombres, tendencia que también se está observando en otros países occidentales. Curioso teniendo en cuenta que los indicadores objetivos muestran la persistencia de desigualdades estructurales precisamente porque no se ven.
El cierre de la brecha de género en el último año ha pasado de un 68,4% a solo el 68,8%, un avance lento; una brecha especialmente resistente en la dimensión económica y de participación, pero también en de los cuidados, en el campo de la salud y en el ámbito digital.
Los cuidados siguen siendo femeninos
Y es que cada día se dedican más de 16.000 millones de horas en el mundo a tareas no remuneradas como cocinar, limpiar, cuidar a niños, mayores o dependientes y sostener la vida cotidiana. Una parte sustantiva de ese volumen recae sobre mujeres y niñas. Ellas dedican 2,5 veces más tiempo que los hombres a estas labores. La OIT estima que 708 millones de mujeres en el mundo están fuera de la fuerza laboral debido a responsabilidades de cuidados no remunerados. Naciones Unidas advierte que en algunos países el valor de este tipo de trabajo podría superar incluso el 40% del PIB. Este valor, por tanto, queda de muchos marcos de decisión pública.
Centrándonos en trabajos remunerados, una parte decisiva del bienestar social y del funcionamiento económico descansa sobre ocupaciones “esenciales” que, paradójicamente, siguen siendo de las más infravaloradas. Las mujeres son las que más asumen estos trabajos con porcentajes muy elevados en educación, salud (sobre todo en la atención sanitaria de base), servicios al consumidor y el sector público, y muy reducidos en sectores como la cadena de suministros e infraestructuras.
Diferencias en la salud: la medicina androcéntrica
La medicina moderna se ha construido históricamente sobre un supuesto implícito: el cuerpo masculino como referencia universal. Este sesgo ha permeado el diseño de los ensayos clínicos, la formulación de hipótesis biomédicas y la interpretación de resultados durante décadas. Estudios publicados en Nature y The Lancet subrayan que las fases tempranas de los ensayos clínicos (fase I y II), cruciales para determinar dosis, seguridad y efectos adversos, continúan reclutando mayoritariamente a hombres. En muchos ámbitos terapéuticos, menos del 30% de las personas participantes son mujeres y, aunque su proporción ha aumentado en áreas como oncología o enfermedades autoinmunes, persisten déficits relevantes en cardiología, neurología y farmacología clínica. Y esa falta de representación tiene consecuencias clínicas tangibles: diagnósticos tardíos, tratamientos menos eficaces y mayor carga de efectos adversos. En los últimos años, se ha consolidado un consenso científico en torno a la necesidad de incorporar el sexo como variable biológica en todas las fases de la investigación biomédica.
Invisibilidad en la tecnología
La presencia femenina en este ámbito es sistemáticamente menor que la masculina, tanto en el acceso y uso de tecnologías digitales como en la participación y liderazgo en el desarrollo tecnológico. Aunque en España el 65,9% de las mujeres tiene competencias digitales al menos básicas —un dato incluso superior a la media europea— la participación femenina en niveles avanzados de especialización tecnológica es sustancialmente menor que la masculina. Según el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, las mujeres representan sólo un 28,7% en las titulaciones de Ingenierías y un 14,8% en Informática. Menos del 29% de los trabajos tecnológicos son ocupados por mujeres, con proporciones aún más bajas en roles directivos y de liderazgo técnico. Ello tiene consecuencias concretas: desde asistentes virtuales que interpretan femenino el rol doméstico a algoritmos que subrepresentan a mujeres en búsquedas de empleo o recomendación de productos profesionales. Organismos internacionales como ONU Mujeres y UNESCO creen necesario incorporar auditorías de sesgo algorítmico, transparencia en los criterios de recomendación y diversidad en los equipos que diseñan y entrenan estos sistemas.
La invisibilidad en plano simbólico
Pero la invisibilidad de las mujeres no se produce únicamente en el ámbito material, también tiene lugar en el plano simbólico. Cultura, medios de comunicación y lenguaje constituyen espacios clave de construcción de sentido colectivo: determinan qué voces se escuchan, qué historias se cuentan y qué personas son reconocidas como referentes.
Sólo alrededor del 24% de los puestos de máxima dirección editorial en los medios de comunicación están ocupados por mujeres. Y esta dinámica se extiende al ámbito de la creación cultural y audiovisual. El informe After the Silence (2025), elaborado por la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales (CIMA), revela que el 60,3% de las mujeres del sector ha sufrido violencia sexual en entornos profesionales, una cifra que pone de manifiesto cómo la desigualdad simbólica se entrelaza con relaciones de poder y silenciamiento.
El lenguaje del poder también está fuertemente cargado de metáforas y valores asociados históricamente a la masculinidad: firmeza, dureza, racionalidad, agresividad estratégica o liderazgo jerárquico. Las mujeres que ocupan posiciones de liderazgo quedan así atrapadas en una doble trampa simbólica: si adoptan estos códigos, son percibidas como “poco femeninas”, si no lo hacen, se cuestiona su autoridad.
El informe de OBS indica que romper la invisibilidad cotidiana exige actuar en dos planos que se refuerzan mutuamente: por un lado, el de las prácticas diarias (quién cuida, quién sostiene, quién “resuelve” lo invisible), por otro, el de las estructuras (cómo se diseñan los sistemas de salud, la tecnología y las políticas públicas). La profesora Marta Grañó opina:
“La desigualdad que no se ve no es una desigualdad menor, es la que sostiene muchas otras”.



