Informe de las flores OBS 2026
Desarrollo Sostenible

Informe OBS: Analizando el futuro de la industria floral (2025-2030)

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Lucía Somalo

La industria de las flores enfrenta grandes desafíos

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Informe OBS Industria de las Flores 2026
  • El sector floral ha facturado entre 31.000 y 39.000 millones de dólares en 2025. España está en 13 en el ranking de mayores exportadores. Pero lo márgenes son muy pequeños.
  • La compra de flores se desestacionaliza y se “desgeneriza”. Los hombres aumentan sus compras un 22%.
  • El comprador rechaza las flores estándar y busca la autenticidad, la imperfección, la asimetría y la flor exótica. Ello supone un reto logístico. La IA será vital para resolver la crisis de rentabilidad, optimizar las rutas de entrega y reducir el desperdicio biológico. 

Febrero 2026. OBS Business School, institución perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades, publica el informe Analizando el Futuro de la Industria Floral, elaborado por las profesoras Lucía Somalo y Claudia Núñez, un mercado que ha facturado a inicios de 2025 entre 31.000 y 39.000 millones de dólares a nivel global, y que representa uno de los motores de empleo más intensivos en mano de obra del sector agrícola. Sin embargo, más allá del negocio, las flores son cultura en estado puro y, por encima de todo, un potente vehículo de simbolismo. No son útiles en el sentido práctico de la palabra, sino que su valor reside en algo mucho más profundo: la carga de significados sociales, emocionales y estéticos que compartimos. Las flores representan el amor, el luto, la celebración, el cuidado, la disculpa o un simple “me he acordado de ti”. 

Históricamente, el sector operaba bajo una estabilidad predecible donde la demanda se ajustaba a rituales sociales y ciclos biológicos. Sin embargo, la transformación socioeconómica de finales del siglo XX ha provocado una desestacionalización absoluta del mercado. Mediante el uso de invernaderos de alta tecnología y una logística de frío extremo que no admite interrupciones, la industria ha logrado separar el producto de su geografía y su tiempo natural. La flor ha evolucionado de ser un producto biológico, a convertirse en un bien de consumo global. Sin embargo, esta eficiencia ha derivado en una paradoja de márgenes muy ajustados y una creciente vulnerabilidad (el beneficio neto de las floristerías minoristas está en niveles críticos del 3-5%). Factores como la presión climática y energética, la inflación y los desafíos logísticos de la última milla han forzado al sector a enfrentar limitaciones, impulsando una reestructuración operativa y estratégica.

¿Sabías que…?

La primera gran burbuja especulativa de la historia moderna se llamó Tulipomanía y tuvo lugar en los Países Bajos entre 1634 y 1637. En aquel momento el valor de los bulbos de tulipán alcanzó precios exorbitantes —equivalentes al coste de mansiones y tierras— impulsado por una fascinación social que derivó en especulación. El colapso del mercado en febrero de 1637 no solo arruinó a miles de inversores, sino que dejó espacio al nacimiento de los mercados de futuros. Aquella necesidad de negociar el valor de una flor que aún no había brotado sentó las bases de la economía financiera actual.

La industria de las flores está hoy en un punto de inflexión. La presión climática y energética, con sus implicaciones en costes y sostenibilidad, ya no es una amenaza lejana, sino una realidad diaria que exige adaptaciones urgentes en la producción. Y al mismo tiempo, los modelos digitales que surgieron con fuerza en la última década están siendo sometidos a una revisión forzada. 

Mientras el simbolismo de la flor permanece inmutable, su soporte físico ha pasado de ser un sistema artesanal y estacional, a convertirse en una de las maquinarias industriales más complejas y frágiles del comercio global. Los grandes hubs de producción y distribución de flores están en los Países Bajos, Colombia, Ecuador y Kenia (España se encuentra en el puesto 13 de los mayores exportadores). Sin embargo, hoy es un arma de doble filo: por un lado, esta hiperconcentración geográfica permite economías de escala y una estandarización necesaria para el mercado de masas; por otro, crea una dependencia sistémica donde cualquier alteración climática, sanitaria o política provocaría una onda expansiva que desestabilizaría los precios y el suministro a nivel mundial. Particularmente en el contexto español, la situación es dual. El sector productivo es bastante fuerte, con un crecimiento significativo en la exportación de flor y planta viva, lo que subraya su calidad y competitividad. Hitos como San Valentín llegan a representar por sí solos hasta el 15% de la facturación anual de las floristerías españolas, pero el reto no es solo aumentar el volumen de ventas en días señalados, sino fomentar un cambio en los hábitos de consumo que eleve la flor a un elemento más cotidiano, recurrente y consciente en la vida de las personas. 

El consumo de flores

La transformación cultural impulsada por las nuevas generaciones es un motor clave de este cambio. Para ellas, la flor trasciende su rol de regalo ocasional o lujo puntual y se convierte en un elemento de autocuidado, expresión personal y contenido digital (representa ya el 38% del mercado total en núcleos urbanos europeos). Comprar flores para uno mismo se ha normalizado hasta equipararse a otras rutinas de bienestar como la alimentación consciente o la decoración de interiores. Además, mientras que históricamente la flor era un símbolo de feminidad o servía como una herramienta de conquista que posicionaba al hombre exclusivamente como un comprador pasivo y a la mujer como receptora final, en los últimos años se ha producido una «desgenerización». La compra de flores por parte de los hombres ha crecido un 22% en el último año. Además, entre los hombres millennials la floricultura se está posicionando como un oficio con prestigio, equiparable a la coctelería de autor o la alta gastronomía.

La nueva demanda rechaza la estandarización industrial y valora la autenticidad, la imperfección y la coherencia ética. Su interés se desplaza desde la flor como objeto físico, hacia la experiencia, lo que explica el auge de los flower bars y los talleres de co-creación. Las redes sociales han convertido un ramo de flores en parte de una narrativa completa: cómo se compra, cómo se arregla, dónde se coloca en casa e incluso cómo se marchita. Se ha convertido en una extensión de la propia identidad. 

Ello genera nuevas oportunidades para los floristas si saben ofrecer selecciones que conecten profundamente con los valores del comprador; productos florales que sean «instagrammables». Esto implica diseños que capturen la atención visual y con empaquetados muy cuidados, concebidos como parte del ritual y de la experiencia compartida en redes. El énfasis en las suscripciones para el hogar y el bienestar personal también abre un nuevo campo de crecimiento. Y por supuesto, continúan teniendo gran importancia los grandes eventos como las bodas, donde triunfan cada vez más los ramos asimétricos, las combinaciones cromáticas inesperadas, los verdes imperfectos y el uso de flores silvestres o menos tradicionalmente elegantes.

La flor bajo sospecha

Un punto de inflexión crucial en esta dinámica ha sido el resurgimiento del debate público sobre el uso de pesticidas en la floricultura. Se ha puesto de manifiesto la ausencia de límites legales equiparables a los de la alimentación en cuanto a residuos químicos en flores. De ser una algo históricamente asociado a valores como el amor, el cuidado o la celebración, la flor se ve ahora envuelta en un manto de sospecha, inquietud y un cuestionamiento moral que invita a la reflexión. El comprador, por su parte, demanda cada vez más transparencia sobre el origen, los procesos de cultivo y el impacto ambiental.

El futuro de la industria floral

En un mercado tan cargado de simbolismo, cualquier fricción logística —una flor en mal estado o una entrega tardía— no se percibe como un error técnico, sino como una ruptura de la confianza que el cliente ha depositado en la compra. Por ello, el futuro del comercio floral digital parece orientarse hacia modelos más híbridos y realistas. El camino hacia la rentabilidad pasa por equilibrar la ambición cultural con una escala asumible, una logística que reconozca los límites físicos de la naturaleza y una relación mucho más estrecha con las redes de producción.

La Inteligencia Artificial se convertirá en la herramienta definitiva para resolver la crisis de rentabilidad del producto perecedero. El e-commerce evolucionará hacia estructuras que utilizan la IA Predictiva para sincronizar la demanda en tiempo real con la producción local. Esta, no solo optimizará las rutas de entrega para garantizar la frescura en esa última milla tan crítica, sino que permitirá reducir el desperdicio biológico mediante algoritmos que anticipen las tendencias para aprovechar todo el producto. 

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